La salud no se juega solo en los hospitales. También se juega, cada día, en los espacios que habitamos. Un edificio puede proteger y cuidar, o puede añadir carga fisiológica, estrés y enfermedad.
Hace unos días celebramos el Día Mundial de la Salud. Conviene recordar algo que todavía no ocupa el lugar que merece en la conversación pública: la salud no se juega solo en los hospitales, en los centros de salud, en el descubrimiento de nuevos fármacos, en la administración de los mismos o en los hábitos individuales nutricionales o de ejercicio físico, que también. La salud también se juega, cada día, en los espacios que habitamos. En la vivienda, en la oficina, en la escuela, en la fábrica, en el hotel, en el centro sanitario, en el gimnasio, en el comercio. En definitiva, en los edificios. Y no da igual cómo sean. A nuestro organismo no le da igual las condiciones que estos nos ofrezcan.
Salud y espacios no son ámbitos desvinculados, sino profundamente entrelazados. En qué medida, con qué grado de impacto o interacción dependerá de muchos factores y no todos ellos medibles o trazables, pero eso no puede sacarnos fuera de la ecuación.
Un edificio no es solo un contenedor funcional ni una suma de materiales e instalaciones ordenadas conformando unos miles de metros cuadrados. Es un entorno de exposición continua. Un lugar que puede proteger, cuidar, facilitar el descanso, reducir riesgos y favorecer el bienestar; o, por el contrario, un lugar que puede añadir carga fisiológica, disconfort, fatiga, contaminación, estrés y enfermedad.
No es casual que la arquitectura naciera, en su origen más elemental, como respuesta a una necesidad de amparo. Construimos para protegernos de la intemperie, del frío, del calor, del peligro y de la incertidumbre. La teoría clásica de la arquitectura, desde Vitruvio, ya vinculó el buen edificio con la firmeza y la utilidad —además de la belleza—, es decir, con la capacidad de servir a la vida humana de manera adecuada. Dos mil años después, esa idea sigue vigente, pero hoy sabemos algo más: no basta con que un edificio se sostenga, que funcione y que sea bello, además debe contribuir activamente a la salud de quienes lo habitan.
La salubridad, de hecho, está inseparablemente emparejada con la habitabilidad. Un espacio no puede considerarse plenamente habitable si compromete la calidad del aire, si acumula humedad y moho, si sobrecalienta a sus ocupantes, si los expone a sustancias nocivas, si no garantiza confort térmico, acústico y visual, o si dificulta el descanso, la concentración y la recuperación. La Organización Mundial de la Salud lleva años insistiendo en ello: unas condiciones residenciales inseguras o deficientes aumentan la carga de enfermedad, mientras que una vivienda adecuada reduce riesgos y protege la salud.
Este punto es todavía más relevante si tenemos en cuenta un dato tan sencillo como contundente: pasamos alrededor de 21 horas de nuestro tiempo diario en espacios interiores. Además, los niveles de algunos contaminantes en interiores pueden ser iguales o superiores a los del exterior. Por tanto, si queremos hablar en serio de prevención, de salud pública y de calidad de vida, no podemos seguir tratando el edificio como un factor secundario. Las condiciones que conforman el espacio interior forman parte de nuestro exposoma, es decir, del conjunto de exposiciones ambientales que acumulamos a lo largo de la vida y que condicionan nuestra salud. Y en ese exposoma el edificio importa mucho más de lo que todavía se reconoce socialmente.
Aire, agua, luz, temperatura, humedad, ruido, materiales, ventilación, confort, contacto con la naturaleza, ergonomía, accesibilidad, estímulos visuales, densidad de ocupación, mantenimiento, limpieza, control de contaminantes, capacidad de recuperación térmica, calidad microbiológica… Nada de eso es decorativo. Todo eso configura, en distinta medida, las condiciones reales en las que vive, duerme, aprende, trabaja o envejece una persona. Y por eso hablar de edificios saludables no es una extravagancia, tampoco una moda o una sofisticación para mercados premium. Es, sencillamente, hablar de salud con un mínimo de seriedad.
A menudo se ha tendido a reducir el debate a la eficiencia energética o al cumplimiento normativo. Pero el reto es mayor. Un edificio puede cumplir muchas exigencias técnicas y, aun así, no estar respondiendo bien a las necesidades fisiológicas y cognitivas de quienes lo usan. La conversación sobre salud en arquitectura y en real estate exige ir más allá del expediente técnico y hacerse una pregunta más exigente: ¿qué tipo de experiencia corporal, mental y ambiental produce este lugar?
La evidencia disponible ya permite defender con claridad que mejores condiciones ambientales interiores tienen efectos positivos no solo sobre la salud, sino también sobre el rendimiento y la capacidad cognitiva. Los trabajos dirigidos por Joseph Allen y su equipo en Harvard, entre otros, han mostrado asociaciones entre la calidad del aire interior, la ventilación y el desempeño cognitivo en trabajadores de oficina. En paralelo, revisiones y estudios sobre ventilación, temperatura, iluminación y calidad ambiental interior apuntan a que estos factores influyen en la productividad, la concentración y el rendimiento intelectual. En otras palabras: un mejor espacio no solo enferma menos; también permite pensar mejor, trabajar mejor y sostener mejor el esfuerzo cotidiano.
Esto tiene, además, una dimensión económica que no debería minusvalorarse. Si conseguimos entornos interiores más saludables, reducimos exposición evitable, disminuimos el riesgo de determinados síntomas y enfermedades, favorecemos la recuperación, reducimos bajas y convalecencias y aliviamos, al menos en parte, la presión sobre los sistemas de salud. La OMS recuerda que un entorno saludable podría prevenir casi una cuarta parte de la carga mundial de enfermedad. No toda esa carga depende del edificio, por supuesto, pero el edificio forma parte del entorno, y por tanto forma parte también del problema y de la solución.
En el ámbito laboral, el argumento es igual de fuerte. No hablamos solo de evitar daños, sino de crear condiciones que permitan a las personas desarrollar su trabajo en entornos más confortables, más legibles, más amables y más compatibles con el cuerpo humano. Espacios donde la temperatura no fatigue, donde el aire no embote, donde la iluminación acompañe, donde el ruido no erosione, donde el diseño no entorpezca sino facilite. Espacios que, en vez de pedir resistencia, permitan desplegar capacidades. Espacios que inviten a dar lo mejor de nosotros mismos.
Por eso, cuando desde HAUS hablamos de salud en los edificios, no hablamos de un complemento cosmético, ni de una capa discursiva para diferenciar activos. Hablamos de una cuestión estructural. Hablamos de reconocer que la relación entre personas y espacios tiene consecuencias medibles. Hablamos de que el diseño, la selección de materiales, la ventilación, la iluminación, el agua, el control de contaminantes, el confort acústico y térmico, la relación con el entorno natural o la capacidad de adaptación del espacio no son variables laterales. Son decisiones que afectan a la vida cotidiana y, por tanto, a la salud.
A veces se piensa que incorporar criterios de salud encarece, complica o ralentiza. En realidad, muchas veces lo que hace es corregir una visión demasiado estrecha del valor. Porque el valor de un edificio no debería medirse solo por su coste de ejecución, su imagen o su rentabilidad inmediata, sino también por la calidad de las condiciones que ofrece a sus usuarios y por su capacidad de evitar daños futuros. En este terreno, seguir construyendo o rehabilitando sin prestar atención a la salud no es neutral: es, cada vez más, una forma de obsolescencia.
Con motivo del Día Mundial de la Salud 2026, la propia OMS ha querido subrayar la importancia de la ciencia como base de las decisiones colectivas. Ese mensaje encaja de lleno con esta conversación. Si algo necesitamos en el mundo de la edificación es precisamente más evidencia, más medición, más criterio y menos intuición superficial. Más capacidad para demostrar qué decisiones espaciales mejoran realmente la vida de las personas y cuáles simplemente la aparentan.
Después de ocho años de trabajo en este campo, nuestra convicción es más firme que al principio: salud y espacios están emparejados. Lo están en la vivienda y en el trabajo. Lo están en la escuela y en el hospital. Lo están en la arquitectura, en la ingeniería, en la promoción, en la operación y en el mantenimiento. Y cuanto antes asumamos que el edificio forma parte activa del cuidado, antes empezaremos a construir no solo lugares que funcionen, sino lugares que verdaderamente cuiden de nuestro organismo, que no lo lastimen, que en gran medida lo protejan.
Porque no da igual cómo sean los espacios.
Y porque, si los espacios condicionan nuestra exposición cotidiana, también condicionan nuestra salud, nuestra energía, nuestro descanso, nuestra capacidad de concentrarnos, de recuperarnos y de vivir mejor.
Cuidar la salud, en buena medida, también consiste en cuidar el lugar donde la vida ocurre.
Ricard Santamaría
Director de HAUS Healthy Buildings
Bibliografía consultada
- World Health Organization. Housing and health guidelines. 2018.
- World Health Organization. Environmental health.
- World Health Organization. Guidelines for indoor air quality: dampness and mould.
- US Environmental Protection Agency. Indoor Air Quality (IAQ).
- NIEHS / NIOSH. Definiciones de exposoma.
- Allen JG et al. Associations of cognitive function scores with CO₂, ventilation, and VOC exposures in office workers. Environmental Health Perspectives, 2016.
- Harvard T.H. Chan School of Public Health. COGfx Study.
- WHO. Healthy workplaces: a model for action.
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